Antonio Jiménez Gómez
Cuando México y el mundo se relajaban con la masificación del proceso de vacunación contra el COVID19, el surgimiento de nuevas cepas y la tercera ola de contagios nuevamente reveló la fragilidad social, sanitaria y económica en la que prevalecemos.
Y en ese contexto, la comunicación no sólo ha venido evolucionando de manera acelerada, para adaptarse a las condiciones de crisis, a la incertidumbre y al desconocimiento, sino también a la resistencia de amplios sectores de audiencia que se resisten a creer o que simplemente ignoran la realidad que ha costado más de 2 millones de vidas en el orbe.
Es precisamente la comunicación la disciplina que puede mejorar su rol en el entramado de la crisis sanitaria y sus secuelas, para influir en los diferentes constructos de la vida social tan dañada durante los últimos 18 meses.
Carlos Bonilla, en su artículo “La comunicación ha tomado un rol relevante en las organizaciones“ publicado en Merca2.0, señala que el papel de la comunicación “en el retorno a la actividad en las empresas es fundamental, no sólo para mantener informados a los públicos internos y externos acerca de las nuevas condiciones de operación, sino para participar activamente”.
Ese papel no sólo debería concebirse para el periodo post confinamiento total, sino como parte del desarrollo permanente de las organizaciones. Sin embargo, partiendo de esa misma reflexión, es imprescindible pensar en cuál debe ser el rol de la comunicación en la nueva dimensión de la incertidumbre pandémica que implica la tercera ola.
Lo cierto es que, si bien con la vacunación de personas mayores se redujo la proporción de decesos respecto al número de casos confirmados, los daños a la salud de la población complica aún más los escenarios que mercadólogos y directivos de empresas, cualquiera que sea su tamaño, están haciendo para sus prospectivas de crecimiento.
Ya no se trata sólo del retorno a la actividad en las empresas, de mantener informados a los públicos internos y externos acerca de las nuevas condiciones de operación, sino de cómo el capital humano estará en condiciones de asumir su rol en el aparato productivo.
La tendencia marca que la normalización de la nueva realidad, no implica necesariamente una actitud para participar de manera proactiva en un sistema social con mayores restricciones a las que aún no estamos acostumbrados. Por el contrario, pareciera que la satisfacción del sentido de supervivencia lleva a minimizar el riesgo potencial que no solo prevalece, sino que se agrava.
Si bien se mantiene la corriente de implantar mejoras tecnológicas para hacer el home office posible y eficiente, las organizaciones públicas y privadas deben diversificar sus canales de comunicación para pasar de una comunicación de crisis a una de prevención y de reactivación social.
No sólo se trata de vislumbrar nuevos cambios en los hábitos de consumo y comunicación con las marcas, así como adaptar los mensajes a los mismos, sobre la base de satisfacer expectativas y necesidades de las audiencias. Se trata de contribuir a que, derivado de esta dinámica se puede motivar una mejor evolución ante la realidad post pandémica… en el momento en que se llegue a dar.
La comunicación no sólo se debe referir a la reactivación económica, en conclusión. Debe concentrarse también en la reactivación social para generar una mejor inmunidad ante las crisis sanitarias, económicas y ahora ambientales que se enfrentan en diversas latitudes, las que seguirán evidenciando la fragilidad humana.
