
Primera parte.
Antonio Jiménez Gómez
Actualmente, el principal problema que enfrenta la sociedad mexicana es la inseguridad; en cualquier campaña que se haya hecho durante los últimos años en cualquier nivel, es la principal demanda. Y promesas hay muchas, compromisos casi siempre son los mismos.
Sin embargo, la realidad es otra. por ejemplo, en la más reciente Encuesta Nacional sobre Seguridad Urbana, que elabora trimestralmente el Inegi, se establece que sólo el 30.7 por ciento de la población de 18 años y más que mencionó que su gobierno local ha implementado actividades o programas para prevenir la violencia o la delincuencia.
Y no se cuestiona los esfuerzos que realicen los gobiernos locales en este tema; el detalle está, como en muchos otros campos del ejercicio público, que no se comunican o se informan a partir de perspectivas que no necesariamente son las que necesita la sociedad.
La comunicación de gobierno o pública, en México y Latinoamérica, se limita a tres frases de anclaje: “por primera vez…”, “como nunca antes” y “por instrucciones de…”, lo que confirma el espíritu mesiánico de la información que genera la institución pública respecto de su titular hacia la sociedad.
El culto a la personalidad, el ensalzamiento de la figura gobernante en turno y los esfuerzos por ocultar cualquier cosa que lo cuestione, es la base de la información generada desde el gobierno, sin importar su orden o nivel. Muy escasas y honrosas son las excepciones.
Comunicación pública.
A diferencia de la comunicación política que tiene un fin específico de influir en el pensamiento y acción de determinados sectores de la audiencia, la comunicación pública no debiera limitarse a ser una herramienta publicitaria o unidireccional.
Los expertos en la materia coinciden en que no hay acción política sin una buena comunicación, por lo tanto la comunicación política no puede existir sin una acción de gobierno. Y en consecuencia, una buena comunicación entre gobierno y sociedad debiera basarse en políticas públicas consistentes, planes de gobierno eficaces y acciones de autoridad efectivas.
Sin embargo, la alternancia partidista en los diferentes niveles de gobierno poco ha cambiado la manera de hacer comunicación pública.
No sólo es la relación con los medios o generar boletines con las mismas porras para difundir la idea de que la autoridad actual es única e inigualable; la perspectiva y gran posibilidad de la comunicación gubernamental es construir un sentido político desde el propio gobierno, es brindar acompañamiento y contribuir a la mejora de todo lo que supone l la gestión de gobierno.
La comunicación de gobierno debiera vincular la acción de gobierno con la percepción que tiene la sociedad de éste, pero no sólo vendiendo espejitos; debe sumarse a las acciones de planeación, desarrollo, ejecución y evaluación de políticas públicas y programas de gobierno.
Y esto sólo se logrará en la medida en que deje de ser unidireccional y realmente incorpore a la ciudadanía como un elemento importante en el ejercicio del poder.
Y la mayor prueba de que eso se está logrando es que, en lugar de que el gobierno se convierta en promotor de la polarización social, asuma un rol de generador de consensos.
Ese es el mayor reto y, al mismo tiempo, el mejor indicador de que, primero, sí se está realizando una comunicación pública; segundo, ésta impacta en la sociedad; tercero, se disminuyen los factores de riesgo político y sociales, se descartan los prevenibles y se cuenta con mayor legitimidad para enfrentar los inevitables.
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