
Antonio Jiménez Gómez
En un mundo controlado por rumores, derivados de una creciente polarización social, visiones absolutistas y el resurgimiento del extremismo ideológico resumido en la frase: estás conmigo o en mi contra, la gran perdedora es la verdad.
Friedrich Nietzsche decía: “No miente tan sólo aquel que habla en contra de lo que sabe, sino también aquel que habla en contra de lo que no sabe”. Esta reflexión engloba precisamente la coyuntura actual: cómo la verdad decae ante la mentira, cómo ésta se sustenta en la sinrazón, contra el sentido común.
En síntesis, cómo la verdad, la razón y el sentido común son sacrificados en aras de ser popular, de fingir relevancia, de pelear por el poder o de conservarlo a cualquier costo.
El sentido común se está convirtiendo en el más difícil de encontrar y la razón está supeditada a las campañas de descalificación a ultranza en la que no importan los argumentos, sino quien dice más mentiras y se mantiene en ellas, aún cuando la realidad evidencie otra cosa.
El saber y el poder, en el contexto antes descrito, han amasado una de sus combinaciones más decadentes en aras de la fama volátil, la subyugación de las minorías y la vanalización de las instituciones, todo por el poder.
Hace algunos meses, un Maestro decía: en política hay que distinguir entre lo que se debe hacer, lo que se tiene qué hacer, lo que se puede hacer, lo que se va hacer y luego… lo que se dice…
Y teóricamente el mensaje debe ser un conjunto, un ejemplo de congruencia y un llamado a la acción que sea comunicado por voceros legitimados por su actuar.
Pero los paradigmas de la comunicación política se han abaratado, se han vuelto tan frágiles que prefieren una cúspide de degradación moral y descalificación mediática, que promover la enculturización política como mecanismo para enfrentar y resolver los retos de la sociedad actual.
El ecosistema mediático digital se ha convertido en campo fértil para la convivencia hostil de voceros sin mayor capacidad que la de escribir breves mensajes. Y mientras los problemas sociales son unos, la agenda mediática se vanaliza y opta por alimentar la confrontación para saciar la sed de los nuevos poderes fácticos.
Hay tanta información que poco o nada se informa de verdad. Tantas versiones de un referente que se declara relevante, mientras los problemas de siempre se siguen agudizando, mientras no cambia nada más que las figuras que se convierten en los ídolos del momento en la época neopopulista.
Por eso, hoy más que en mucho tiempo, la comunicación política debe asumir un rol estratégico para retomar su misión fundamental de contribuir al desarrollo de la sociedad. El proceso de comunicación debe abonar a la generación de conocimiento que permita mejorar el proceso de planificación y toma de decisiones en los espacios de poder.
Porque, finalmente, del caos que con tanta virulencia se alimenta de manera cotidiana, surge el conflicto; y del conflicto puede que ya no se pueda regresar a entornos de certidumbre.
